Estamos acostumbrados a que la estulticia religiosa se imponga a cualquier otra circunstancia, incluida la vida de los descerebrados creyentes. Por eso es muy sorprendente que los fanáticos ayatolas de los emiratos árabes hayan puesto (por una vez y sin que sirva de precedente) la vida de sus acólitos por encima de las delirantes directrices emanadas de un viejo, mohoso y antediluviano libro.
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