
Existe una más que extensa bibliografía científica acerca del papel que la generosidad (interesada o no) ha jugado inicialmente en la formación de las bandas de cazadores-recolectores de los primeros sapiens e incluso de nuestras especies antecesoras, pasando por las sociedades agrícolas hasta llegar a nuestra moderna civilización tecnológica. A nadie se le escapa que recibir un detalle, un pequeño regalo o incluso una simple muestra de atención nos predispone favorablemente hacia ese "generoso" o "atento" individuo. Por eso quizás, esa costumbre norteamericana (omnipresente en todo el cine hollywoodiense) de que cuando alguien se muda a una nueva residencia, rápidamente los vecinos llaman a la puerta y se presentan con la típica tarta de manzana o similar de regalo tiene toda su lógica social al predisponer a los recién llegados a integrarse sin generar problemas en la comunidad. Pero esta civilizada (y más que beneficiosa) costumbre de lubricar las relaciones sociales con pequeños regalos puede ser contraproducente cuando hablamos en términos sanitarios.
Porque, el que una empresa farmacéutica utilice a su favor estos mecanismos evolutivos de reciprocidad entre individuos puede enturbiar el juicio de ese médico que, teniendo una única obligación: atender lo mejor posible a sus pacientes, puede terminar favoreciendo a la empresa, tal y como demostró hace algún tiempo un estudio publicado en la prestigiosa revista clínica "JAMA Internal Medicine". Los investigadores estudiaron a unos 280.000 clínicos estadounidenses cruzando los datos de sus prescripciones de 4 medicamentos muy habituales y los pequeños regalos que podían recibir de las empresas fabricantes. Esos regalos no fueron para nada ostentosos ya que consistieron en simples comidas por un valor muy limitado, entre 12 y 18 dólares por cada comida. A pesar del poco valor monetario de la comida, equivalente al típico menú que un trabajador puede tomarse en la cafetería de la esquina en medio de su jornada laboral, tal y como muestra la siguiente figura
los médicos agraciados con una comida aumentaron la prescripción del medicamento fabricado por la "generosa" farmacéutica entre un 50% (medicamento A) y un más que llamativo 250% (medicamento B). Es más, las prescripciones de los medicamentos aumentaban con el número de veces que habían sido invitados a comer los sanitarios.
Adicionalmente, tal y como muestra la siguiente figura
también se detectó que las prescripciones de algunos medicamentos aumentaban cuando los regalos eran algo más valiosos al superar los 20 dólares.
Es por este tipo de resultados que las farmacéuticas (que monitorizan obsesivamente las ventas de sus productos) despliegan toda una estrategia de visitas a los facultativos, en donde se regalan bolígrafos, calendarios y demás baratijas o seminarios patrocinados con regalo de agendas y similares, todo un continuo flujo de pequeñas atenciones que mantienen activa y muy reforzada la sensación de que cada médico es "importante" o "especial" para la empresa y le fuerza psicológicamente a practicar ese altruismo recíproco que tan sólidamente tenemos esculpido en nuestros genes y comportamiento desde hace eones. Y entonces, al final el profesional acaba eligiendo el medicamento a prescribir no por su eficacia sino por quien fue el último visitador médico que le regaló un par de bolígrafos.
Y es por todo lo anterior (y por lo que sabemos de la psicología de la mente humana y de cómo toma sus decisiones) que, por el bien de los pacientes y también por la solvencia de la propia hacienda pública, se debería impedir cualquier tipo de relación entre el estamento médico y las multinacionales farmacéuticas Y que la información sobre la seguridad y la eficacia de los medicamentos fuera adquirida únicamente a través de las publicaciones científicas y no a través de esas más que subjetivas relaciones personales con vendedores del mundo empresarial.
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