
En su artículo los investigadores estadounidenses plantean la siguiente cuestión:
Un hombre de alrededor de 20 años con esquizofrenia paranoide explicó durante una evaluación neurológica que podía leer las mentes y que durante años había escuchado voces que le revelaban cosas sobre amigos y extraños por igual. Él creía que fue seleccionado por Dios para proporcionar una guía para la humanidad. Los medicamentos antipsicóticos prescritos por sus psiquiatras disminuyeron estas habilidades y redujeron las voces y, por lo tanto, él no las quería volver tomar. Él preguntó: "¿Cómo sabéis que las voces no son reales?" "¿Cómo sabéis que no soy el Mesías?" Afirmó, "Dios y los ángeles hablaron con la gente en la Biblia".
Y por supuesto que desde el punto de vista clínico y científico son preguntas más que pertinentes que llevaron a nuestros investigadores a la reflexión.
Más tarde, reflexionamos sobre lo que él había dicho. Él planteó preguntas conmovedoras que rara vez se discuten en la medicina académica. Todos los días, los médicos, enfermeras, psicólogos y trabajadores sociales se encuentran y cuidan a personas que experimentan síntomas psicóticos. Alrededor del 1% de las visitas a la sala de urgencia y el 0,5% de todas las visitas de atención primaria en los Estados Unidos están relacionados con síntomas psicóticos. Hasta el 60% de las personas con esquizofrenia tienen ilusiones religiosas consistentes en creer que son un santo, Dios, el diablo, un profeta, Jesús o alguna otra personalidad importante. La disminución de la percepción acerca de tener un trastorno mental es parte integrante de la afección, que ocurre en el 30%-50% de las personas con esquizofrenia. ¿Cómo explicamos a nuestros pacientes que sus síntomas psicóticos no son insinuaciones sobrenaturales cuando nuestra civilización reconoce fenómenos similares en figuras religiosas veneradas? ¿Sobre qué base distinguimos entre las experiencias de los pacientes psiquiátricos y las de las figuras religiosas en la historia?
Y así, partiendo de estos hechos los autores del estudio hacen un diagnóstico psiquiátrico retrospectivo de algunas de las grandes figuras del cristianismo, sugiriendo
la posibilidad de que las personas con síntomas psicóticos primarios y relacionados con el estado de ánimo hayan tenido una influencia monumental en la configuración de la civilización occidental.
Lo que traducido al román paladino viene a significar que Occidente puede llevar venerando a pobres enfermos mentales desde hace ya casi dos milenios.
Y llegados a este punto, desde el punto de vista racionalista, es inevitable plantearse la siguiente pregunta: ¿para cuándo la psiquiatría empezará a diagnosticar a esos cardenales, rabinos, ulemas y demás mediadores de lo divino que afirman haber sido elegidos y tener comunicación directa habitual con alguna de la infinidad de deidades que la siempre fértil (y muchas veces más que delirante) imaginación humana ha inventado a lo largo de los siglos?
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