
Cuando teníamos nueve o diez años, y aún estábamos en el colegio, había un método infalible para ganar las discusiones. Bastaba inventarse un mote ingenioso o hiriente para los otros chavales, como "cuatro ojos" o "cara huevo", y sacarlo en el momento oportuno, cuando alguien quería imponer su criterio frente al tuyo. "Tú cállate, cara huevo", decías tú (o te decían), y el público se ponía a favor del insultador entre carcajadas, porque obviamente "cara huevo" había quedado desarmado por aquel despliegue dialéctico.
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