En una de sus viñetas, el genial y prematuramente malogrado humorista Jaume Perich decía que puestos a conservar tradiciones, mejor conservar la del toreo que la de quemar herejes en la Plaza Mayor. Y su razón llevaba: que algo sea tradicional no quiere decir que sea deseable. Si en la Antigua Roma se consideraba la crucifixión como un método ejemplar de castigo a todo tipo de delincuentes, no debemos sentirnos obligados a colgar de los maderos al primer chorizo que detenga la Guardia Civil.
Pues, aunque cueste creerlo, este hecho tan evidente se olvida con gran facilidad, y encontramos multitud de opiniones que apoyan determinadas prácticas con el único argumento de que forman parte de nuestra tradición. Estos días, sin ir más lejos, hemos podido contemplar el escándalo que ha producido quitar algún camello en Madrid o celebrar una cabalgata laica en Valencia.
Además, otra idea equivocada es que las tradiciones existen “desde siempre”, creyendo que los visigodos ya se ceñían un pañuelo rojo sobre un traje blanco y se iban a correr toros en Pamplona a principios de Julio. Pero las tradiciones nacen, se modifican y -generalmente- se acaban olvidando. Si bien la celebración de festejos en honor a San Fermín se remonta a la Edad Media, el traje rojiblanco típico de estas fiestas no apareció hasta los años 30 del siglo XX, popularizándose en la década de 1960. Y como con ésta, ocurre con muchas que creemos ancestrales: las doce uvas se comenzaron a tomar en España a finales del siglo XIX, la tortilla de patatas es del siglo XVIII, al igual que el baile por “sevillanas” y la tomatina de Buñol cumple ahora 70 años. Sin embargo, otras tradiciones nos acompañas desde siglos y milenios: algo parecido a los carnavales ya celebraban los antiguos egipcios hace 5000 años y la tauromaquia se remonta a la edad de bronce, por tomar solamente un par de ejemplos.
La buena, la fea y la mala

Una tradición guapa, guapa.
También encontramos variación entre los valores que representan unas y otras tradiciones, como señalaba Perich. La ablación del clítoris y el regalo de flores en el día de la madre son dos costumbres con significados indiscutíblemente muy diferentes. Sin embargo, la corrección o incorrección de unas y otras tradiciones está íntimamente ligado -como ya hemos comentado- a la evolución de la sociedad en la que se encuentran. Si bien en plena inquisición se veía la muerte en la hoguera como una forma de purificar las pecadoras almas de herejes y brujos, tal valoración no ha sobrevivido hasta la actualidad. Todo lo contrario, la sociedad ha cambiado de tal forma que el otrora piadoso método de ejecución es considerado una salvajada.
Así pues, la aceptación de las tradiciones no se debe a su antigüedad ni a su originalidad, sino a como encajan y a su vez conforman la identidad cultural de una sociedad frente a otras. Por ello no son fáciles de olvidar, dado que han contribuido a formar todo el entramado que compone nuestra cultura, pero -al igual que ésta- se modifican, se adaptan, desaparecen, se adoptan o se crean otras nuevas según va cambiando nuestra forma de ver el mundo.
Tradición y evolución
Y es que no podemos olvidar que las tradiciones tienen un papel fundamental en la evolución cultural de las sociedades humanas. La antropología cultural nos enseña que, por un lado, representan un depósito de la sabiduría de las generaciones anteriores, tanto de conocimientos como de valores morales y religiosos. No es de extrañar que épocas de siembra y otros tipo de actividades básicas se basen en fechas tradicionales que no son más que una adaptación a las condiciones ambientales locales atesoradas a través de los años. Un segundo papel no menos
importante es el que tienen en la cohesión de la comunidad, proporcionando señales de identidad y lealtad al grupo, con lo que esto representa para el éxito frente a otros. Por último, ofrecen un refugio emocional importantísimo frente a períodos de crisis e inseguridad; cuando personal o colectivamente se atraviesan malos momentos, todo lo que nos ofrezca seguridad es especialmente apreciado, y el abrigo de las tradiciones, de lo que nunca ha fallado, de aquello que ha seguido inmutable a lo largo de la historia, nos ofrece un consuelo indiscutible.
No podemos entender una evolución cultural sin tradiciones ni unas tradiciones sin evolución. El que siguiéramos teniendo las mismas costumbres que hace 2.000 años sería el equivalente cultural a mantener los genes intactos desde un par de millones de años atrás. Es imposible que la sociedad avance si no van modificándose las tradiciones. No podríamos vivir en una sociedad justa manteniendo el derecho de penada ni en un estado igualitario conservando la castración femenina. Por eso me resulta tan molesto el argumento ad antiquitatem, porque es una falacia que favorece el inmovilismo y frena el progreso social.
Reyes y reinas
Titulábamos el artículo «Reyes magos, reinas, tradiciones y evolución», porque todo esto venía inspirado por el revuelo que han causado varias asociaciones y algún ayuntamiento al modificar la tradición de los Reyes Magos, en el sentido de introducir alguna Reina Maga -por eso de la igualdad- o incluso en una celebración organizada por la Societat Coral el Micalet de Valencia hace un par de días, sustituyendo a los tres estrafalarios monarcas por tres “magas republicanas”: Libertad, Igualdad y Fraternidad.

El alcalde de Valencia, Joan Ribó, saluda desde el balcón municipal junto a las tres “Magas de gener” (Libertad, Igualdad y Fraternidad)
Obviamente, los abonados a la falacia ad antiquitatem han tardado poco en rasgarse las vestiduras voceando como energúmenos que tales cambios representan “patochadas”, “adoctrinamiento infantil”, “borrar toda seña de nuestra cultura”, “empobrecimiento de las tradiciones”, “en vez de magas parecen prostitutas” y otras barbaridades indignas de los que se supone que precisamente son abanderados de la cultura. Y no estamos hablando de cuñados en el bar cargaditos de cañas, sino de políticos y periodistas de renombre.
Poco hay que decir tras lo expuesto en los primeros capítulos: algunos estarían más a gusto si siguiéramos quemando herejes. Sin embargo, este caso particular me pide un poco más de ensañamiento.
Borrar toda señal de nuestra cultura
Si nuestra cultura se basa en tres tipos subidos en un carro de cartón tirando caramelos a los niños, si nuestra cultura se basa en hacer creer a nuestros hijos que hay unos reyes mágicos que tienen el don de la telepatía y la ubicuidad, que saben como se han portado 2.000 millones de niños y son capaces de recompensarlos o carbonizarlos uno a uno en una sola noche, ya nos vale.
No digo que toda la parafernalia de los zapatos, los camellos, los regalos y demás no tenga su aquél, pero tampoco son la Biblioteca de Alejandría. Para empezar, en la Biblia no se menciona a ningún “Rey”; únicamente el evangelio de Mateo habla de unos “magos” o “sabios” sin especificar nombres, origen ni número. Lo demás, han sido añadidos que se ha ido realizando a lo largo de la historia católica, desde su realeza establecida hacia el siglo V; su número de tres (excepto para los armenios que tienen 12 reyes magos) también en el siglo V; sus nombres -establecidos en Italia en el siglo VI- ; el color de su piel (Baltasar se convirtió en negro en la Alta Edad Media) o su origen, que ha pasado de ser «Oriente» hasta cada uno de los tres continentes del momento (Europa, Asia y África) y con historias tan delirantes como la reciente afirmación del Papa Benedicto XVI en su libro “La infancia de Jesús” (2012) en el que afirma que en realidad venían de Tartesos, a lo que el Secretario de la Conferencia Episcopal se ha apresurado a puntualizar que el Santo Padre no quería decir que los Reyes Magos fueran andaluces.
Es decir, la tradición habla de unos personajes de los que no sabemos ni siquiera si existieron, si fueron reyes, astrólogos o adivinos, si fueron tres, doce o cuarenta, si fueron blancos, negros amarillos o verdes y si vinieron de Tombuctú, de Teherán o de El Mentidero. Pero cuidado, si le cambiamos a alguno el sexo, estamos “borrando toda señal de nuestra cultura” y “empobreciendo las tradiciones”. Puestos a ser serios, casi prefiero a Bob Esponja, tiene menos contradicciones.
Patochadas y adoctrinamiento infantil
Resulta que si una asociación organiza el 3 de enero una cabalgata cuyas protagonistas son la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad es una patochada. Parece ser que ensalzar valores como la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad es adoctrinar a los niños.
Sin embargo, pintar de betún a un pobre hombre, disfrazarlo y subirlo junto a otros dos individuos a una carroza para que tiren caramelos a los niños mientras se les hace creer que vienen desde Oriente para estar toda la noche entrando en todas y cada una de las casas repartiendo regalos simultáneamente en Madrid, Valencia y Johanesburgo, es una historia muy realista y nada ridícula. Vamos, es la antítesis del esperpento.
Para colmo, explicarles a los pobres chavales que estos mismos personajes, que son Reyes porque aquí lo importante no es la libertad, ni la igualdad, sino la clase social y su clímax, la realeza, así lo llevan haciendo desde que hace dos mil años (encima de reyes, inmortales), cuando llevaron oro, incienso y mirra a un recién nacido que era hijo de una virgen y formaba parte de un triunvirato integrado por Dios, una paloma y él mismo y al que debes obedecer sin preguntar so pena de arder durante toda la eternidad, no es adoctrinar, es enseñar historia y aclararles las ideas a los chavales.
Y cuidado, que en ningún momento estoy diciendo que haya que privar a los niños de cabalgatas, caramelos, regalos e ilusión, faltaría más. La fantasía, los cuentos, la magia y la imaginación son un condimento indispensable en la infancia. Lo que hay que revisar es si seguimos creyendo las mismas cosas a los 50 años.
La puta Libertad, la puta Igualdad y la puta Fraternidad
El que aparezcan tres mujeres en un balcón simbolizando los valores más importantes de la Revolución Francesa y de la Democracia en general y que a alguien le parezcan prostitutas del oeste, dice mucho sobre la opinión de esos individuos acerca de la libertad, la igualdad, la fraternidad y, sobre todo, de las mujeres. Un poco de escote, algo que no represente una matrona obediente y ya sabemos ante lo que nos encontramos: una puta. Y esos lemas de “Libertad, Igualdad y Fraternidad”, mejor cambiarlos como hizo el gobierno de Vichy por «Trabajo, familia, patria», que eso si que son valores guapos y no los de esas prostitutas radicales. De nuevo, una gran lección a nuestros menores.
Pues que quieren ustedes que les diga. Pensando en que los niños del futuro esperen con ansiedad la llegada de tres Monarcas adoradores de divinidades o la llegada de la Libertad, de la Igualdad y de la Fraternidad, prefiero ampliamente lo segundo y -por mi parte- a la tradición ya le pueden ir dando.
Fuente
La Ciencia y sus Demonios / facebook.com / twitter.com / youtube.com
La primera gran virtud del hombre fue la duda y el primer gran defecto la fe (Carl Sagan)
